El sábado por la noche recibí un regalo, que supongo no será nuevo para mucha gente, pero que abrió algo en mi.
Ahora quiero compartir con vosotros al menos parte de ese regalo: Gracias, Paul Collins. Gracias, Miguel.
domingo, 30 de marzo de 2008
sábado, 29 de marzo de 2008
qué va, qué va, qué va
jueves, 27 de marzo de 2008
la cientificación del amor
Ultimamente llegan a mis manos noticias de una, digamos, cientificación del amor. Y hasta blogs muy queridos hablan de ello (ese eres tú, Chris).
Ya sabíamos que el amor está causado por la generación de unas pequeñas y juguetonas moléculas, las endorfinas, que, literalmente, nos idiotizan y nos hacen adictos a la persona amada. Ahora resulta que el enamoramiento "desactiva la zona del cerebro encargada del juicio social y de la evaluación de las personas", de tal manera que al enamorarnos somos incapaces de juzgar a la persona amada, no ya porque nos posea una llama que nos arrebate y nos lleve a cegarnos y sobrevolar los cielos infinitos, sino por un mero desarreglo neuronal.
Supongo que a estas alturas la cuestión no está ya en el cómo si no en el quién.
No importa que sean las endorfinas, no importa que una parte de nuestro cerebro sea incapaz de funcionar. A mi, eso me parece casi casi mágico. Lo que realmente me emociona es quién es capaz de despertar en nosotros todo esa locura, por qué alguien que en fulanita despierta una pasión loca a mi me deja fría y al revés.
Para Nietzsche, misógino recalcitrante, el amor era pura avidez (magister dixit). Pero se enamoró hasta el tuétano de Lou Andrea Salome e inspirado por sus largas charlas con ella escribió "La gaya ciencia". Enamorado. De una mujer inteligente y bella con la que pudo compartir inquietudes y paseos, de la que aprendió y, problablemente, con la que creció por dentro. Y, como no, que le hizo segregar endorfinas a tutiplén. Por muy filósofo que fuera.
No es probable que de todos los enamoramientos surgan obras maestras. Pero lo que sí que es seguro es que todos estamos expuestos a volvernos, literalmente locos.
Sin importar la cantidad de química que tenga la culpa.
Bienvenida sea. Yo le abro los brazos...y las neuronas.
mirando desde otro sitio
En álgebra, cuando un problema en un número limitado de dimensiones no tiene solución, es frecuente que la estrategia sea coger el problema y todas sus hipótesis y trasladarlo a otro mundo de mayores dimensiones.
De esta forma un problema irresoluble se transforma en un problema trivial.
A veces uno cree estar dentro de uno de esos problemas, en los que por más vueltas que le dé no logra encontrar la salida, y todo parece feo y denso y negro y duro. En esos momentos alguien debería cogernos a nosotros y a nuestro problema y enseñarnos a mirarlo desde fuera, ponernos en una realidad absoluta con todos sus matices y no sólo con los nuestros.
Las más de las veces esos grandes problemas irresolubles resultarían ser una suma de dos números de una cifra.
viernes, 14 de marzo de 2008
contradicciones
¿Que yo me contradigo?. Pues sí, me contradigo.
Y, ¿qué? (Yo soy inmenso, contengo multitudes)
Y, ¿qué? (Yo soy inmenso, contengo multitudes)
Walt Whitman
lunes, 10 de marzo de 2008
salvadores
Hoy, precisamente hoy, me he reencontrado con una película de esas hermosamente dolorosas: Salvador (Puig Antich).
Y me ha hecho mirar ayer de otra manera. Y me ha hecho recordar que hace muy poco tiempo, apenas unos días, no había debates, ni carteles, ni programas políticos. No había jornada de reflexión porque reflexionar estaba prohibido. Y, si a alguien se le ocurría pensar y decir, peor para él. Y por eso la importancia de ayer hoy se me multiplica por mil.
Y, francamente, me da vergüenza. Vergüenza que hayamos convertido aquella lucha en este circo, vergüenza que se manipule, que se utilice, que se insulte, que se invente, que se retuerza. Me da vergüenza. Y vuelvo a sentirme anacrónica, como me pasa millones de veces, cuando escucho ganar, perder, derrotar, fracasar...
Y es una sensación ajena a quién haya sacado más votos o menos. Siento que la mayor parte de los votos no han sido en positivo, si no en negativo: para que no gane el otro.
Y no entiendo los gritos no contenidos de los ganadores (¿?), y no comprendo la sensación de derrota de los perdedores (¿?). No lo entiendo. Quizá yo esté equivocada. Pensaba que el objetivo de todo esto era que la gente que comparte un mismo territorio sea cada vez más próspera, más feliz en suma. Lo siento, pero los verbos ganar y perder no me encajan en esta definición.
Y sólo veo ira y cólera, y sigue sin encajarme. No se trata de eso. Para mi no.
Y vuelvo a mirar a Salvador, cuyo nombre suena a ironía, y cada vez entiendo menos. Luis Llach escribió I si canto trist para Salvador. En ella se dice, entre otras cosas:
Pues yo amo el canto
de la gente de la calle
con la fuerza de las palabras
enraizadas en la razón
Ojalá sepamos hacer que nuestras palabras sean el tronco y la razón las raíces. Ojalá sepamos despojarnos de tanta ira. Ojalá la muerte de Salvador esté cada vez más lejos de nosotros, de todos.
Si no la habéis visto aún, ved la película. Y, por favor, os pido que no la miréis desde el odio, si no desde esa libertad por la que le mataron.
Si podemos vivir libres de odio, seremos verdaderamente libres.
Gracias, Salvador.
Y me ha hecho mirar ayer de otra manera. Y me ha hecho recordar que hace muy poco tiempo, apenas unos días, no había debates, ni carteles, ni programas políticos. No había jornada de reflexión porque reflexionar estaba prohibido. Y, si a alguien se le ocurría pensar y decir, peor para él. Y por eso la importancia de ayer hoy se me multiplica por mil.
Y, francamente, me da vergüenza. Vergüenza que hayamos convertido aquella lucha en este circo, vergüenza que se manipule, que se utilice, que se insulte, que se invente, que se retuerza. Me da vergüenza. Y vuelvo a sentirme anacrónica, como me pasa millones de veces, cuando escucho ganar, perder, derrotar, fracasar...
Y es una sensación ajena a quién haya sacado más votos o menos. Siento que la mayor parte de los votos no han sido en positivo, si no en negativo: para que no gane el otro.
Y no entiendo los gritos no contenidos de los ganadores (¿?), y no comprendo la sensación de derrota de los perdedores (¿?). No lo entiendo. Quizá yo esté equivocada. Pensaba que el objetivo de todo esto era que la gente que comparte un mismo territorio sea cada vez más próspera, más feliz en suma. Lo siento, pero los verbos ganar y perder no me encajan en esta definición.
Y sólo veo ira y cólera, y sigue sin encajarme. No se trata de eso. Para mi no.
Y vuelvo a mirar a Salvador, cuyo nombre suena a ironía, y cada vez entiendo menos. Luis Llach escribió I si canto trist para Salvador. En ella se dice, entre otras cosas:
Pues yo amo el canto
de la gente de la calle
con la fuerza de las palabras
enraizadas en la razón
Ojalá sepamos hacer que nuestras palabras sean el tronco y la razón las raíces. Ojalá sepamos despojarnos de tanta ira. Ojalá la muerte de Salvador esté cada vez más lejos de nosotros, de todos.
Si no la habéis visto aún, ved la película. Y, por favor, os pido que no la miréis desde el odio, si no desde esa libertad por la que le mataron.
Si podemos vivir libres de odio, seremos verdaderamente libres.
Gracias, Salvador.
sábado, 8 de marzo de 2008
jueves, 6 de marzo de 2008
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