No se sabe nada de él. Y la angustia. Y mis piernas temblando.
Y el silencio en el teclado y el silencio en el teléfono.
Y esta mañana. Alguien que me dice que estás bien. Y sin poder evitar llorar. Y aún así con una sensación de irrealidad en el estómago. Necesito oirte. Y te llamo. Una vez. Dos. Mil. Da igual.
- ¿Sí?- sé que eres tú, pero quiero que me lo digas.
- ¿Puedo hablar con Ricardo?- por favor.
- Soy yo. ¿Con quién hablo?-
- Soy Sara-
Santiago y Madrid, a diez mil kilómetros de distancia. No puedes notar mi corazón latiendo en mi cuello. Ni cómo vuelvo a llorar, despacio, para que no me oigas.
Y da igual los años que pasen. Y da igual que no sepas que tengo el río invisible entre mis manos. Da igual.
- Estoy bien, nena, estoy bien -
Cerca de ochocientas personas ya no existen. Y yo, por fin, sonrío escuchando tu voz.