martes, 25 de noviembre de 2008

¿pelis?


Él tenía 16 años, ella también. Se gustaron, supongo que mucho, porque se hicieron novios.

Al cabo del tiempo, y como en cualquier buena historia que presuma de serlo, comieron perdices (o más probablemente cordero, que es lo que se estila en Segovia). Tuvieron dos hijos y el tiempo fue pasando.

Un día, muchos años después, ella murió. Era abril. Y él sentado en una silla y mirándola dijo en mi oido: "mírala, siempre ha sido una reina y ahora lo sigue siendo". Y yo no pude evitar sonreir y morirme de envidia. Luego añadió: "yo ya no sé qué hago aquí sin ella".

Y no supo.

Siete meses después, con 82 años y una salud de hierro, pasó un sábado como otro cualquiera, hizo la compra, paseó con su hija, vio un partido de tenis, gruñó lo suyo porque este Schuster o cómo se diga a ver si se va de una vez a Alemania y se acostó, no sin antes colocar su aparato de radio para el día siguiente. Pero no hubo día siguiente. Cuando su hija, extrañada por la hora, fue a su cuarto, él tenía la cabeza recostada en su mano y seguía arropado, no se había enterado de nada, simplemente se marchó.

Y ni yo ni nadie tuvimos ninguna duda, había decidido morirse porque ya no sabía qué hacer aquí sin ella. Sin aspavientos, sin sufrir, sólo se marchó.

Y yo, otra vez ayer a su lado, no pude evitar sonreir y decirle: "tío, tú también eres un rey".

Y ahora sólo puedo darles gracias porque ahora sé que existe, que no sólo pasa en las pelis, que es real.

Así que, pese a la pérdida de ambos este año, la sonrisa no se borra de mi boca. Y les imagino de nuevo juntos, y a mi tía diciendo "pero hombre, ¿ya andas por aquí?, qué pronto. Ven, anda, que te coloco bien la gorra, que la llevas torcida".

Un beso enorme para ellos, estén donde estén.