lunes, 23 de noviembre de 2009

En sus palabras está la llave


Nunca dijo una palabra de más. Las medía como una modista sus trajes. Calculaba el momento justo en el que dejarse oír, en el que pronunciar las dos o tres frases que creía convenientes. Una vez se enamoró perdidamente, pero ella nunca llegó a saberlo porque él no llegó a encontrar las palabras adecuadas. Ni siquiera uno podía estar seguro de si estaba enfadado, porque lo más que hacía era suspirar en silencio.

Pero un día las palabras se cansaron de ser ignoradas.

Se levantó y bostezó, un simple bostezo largo y profundo. Un bostezo que le abrazó. Literalmente. Notó el calor de ese abrazo, pero no le dio importancia, supuso que aún seguía entre sueños.

El problema empezó cuando pisó el suelo helado de su cuarto. Entonces gritó. Y pudo ver cómo su grito se dibujaba en el aire y se sentaba sobre la mesilla. Miró y miró y miró, pero el grito no se movió. “No puede ser”, pensó, “esto no puede suceder”. “¿Hola?”, dijo despacio, y su saludo cayó a los pies de la cama. Y poco a poco su cuarto empezó a llenarse de “qué está pasando”, “dios mío”, “esto tiene que ser un sueño”, “me estoy volviendo loco” y mil frases más que se iban colocando en cada espacio de una habitación apenas acostumbrada al sonido de la música de Bach.

Y corrió a la cocina, y desesperado, cada vez hablaba en voz más alta. Y en la encimera se colocó un “tengo miedo”, y su “socorro” abrió el frigorífico y empezó a buscar algo que desayunar. Los “tengo que tranquilizarme” se pusieron a jugar con los “igual me han envenenado” en el salón.

Desesperado trató de abrir la puerta de la calle, pero un “ayayayayay” había escondido el llavero bajo un grito de angustia.

Y lloró y gritó y se tiró al suelo y suspiró y dio patadas a sus palabras y tropezó con sus silencios y los lanzó al vacío y, de golpe, se le escapó “lo siento”. Y su “lo siento” le acarició y le tranquilizó, y entonces pudo empezar a pensar con claridad. “Flor”, dijo, sólo por probar, y una gerbera le creció entre las manos. “Libro”, gritó, y a sus pies se materializó el Quijote. “Café”, y el olor comenzó a salir de la cocina, y entonces lo supo y llenó la casa de velas, perfumes, churros, lápices de colores, sartenes, jabones…y de pronto, estalló en una carcajada porque justo en ese momento se dio cuenta de que en sus propias palabras estaba la llave.


miércoles, 18 de noviembre de 2009

Lo que soy


Tengo un sueño para casi todo.
Uno para abrazar árboles. Otro para sonreir cuando menos me lo espero. Tengo un sueño para cortar cebollas e incluso uno para hacer calceta. Tengo uno que hace teatro y otro que pinta, tengo un sueño que escribe y un sueño que monta en bici.
Pero, sobre todo, tengo un sueño que contiene al resto. Y ese sueño, justo ese sueño, es lo que yo soy. Es un sueño que de a ratos es de color naranja y de golpe se me vuelve azul. Se me resbala desde el lóbulo de mi oreja y baja despacito hasta llegar a mis dedos, y entonces no puedo hacer otra cosa que dejarlo salir, libre, grande, agotador. Y sé que vuelve un poco locos a los que tengo cerca de mi, que quien lo ve por primera vez no lo entiende bien. He intentado mil veces cerrar la mano para que no salga, pero es inútil, es más fuerte que yo.
Así que mi sueño y yo hemos acabado por hacernos amigos. Y cuando le veo marchar, alegre, riendo, no puedo por menos que guiñarle un ojo y desearle que esta vez todo le vaya bien.