¿los hombres tienen miedo de las mujeres inteligentes, cultas, fuertes, grandes?.
¿o por el contrario quieren tener a su lado una mujer así, que les haga crecer, que les haga ser mejores personas, que les haga pensar y reir y soñar y llorar?.
la mayor parte de la gente a la que pregunto, independientemente de su sexo, creen en la primera opción.
tenía una compañera de piso a la que dejó su pareja.
su dolor era tal que no conseguía aplacarlo hablando con amigos.
así que lo escribió en un papel, hizo muchas fotocopias y bajó a la calle.
durante un día entero estuvo repartiendo convulsivamente su dolor a todos los transeúntes.
así, y sólo así, su dolor comenzó a hacerse más pequeño.
ella me contó que otra amiga suya hizo a su dolor más pequeño publicándolo en un periódico, como si fuera un anuncio de los de buscar amigo o amante.
y su dolor se quedó pegado en una hoja o, tal vez, encontró a alguien que lo quisiera.
cada uno hace lo que puede con su dolor, pero lo que nunca, nunca se debe hacer, es dejar que sea él quien nos vaya tirando por la calle o dejándonos aplastados entre unas hojas.
Se supone que ya no tengo edad para serlo, se supone que cuando uno ya ha pasado por determinados sitios hay cosas que tiene que tener superadas. Se supone que con cierta edad (¿acaso hay edades inciertas?) ya no se debe creer en príncipes azules.
Pues bien, yo sigo estando en ello. Y no soporto el amor mediocre, y no quiero alguien que sea menos que un príncipe azul. Seguiré escribiendo poemas y besando y abrazando como si nunca lo hubiera hecho, y seguiré no entendiendo y seguiré pensando en la princesa prometida y me seguirá doliendo que no me quieran como en los cuentos.
Y sí, es cierto que soy una peliculera, y es posible que la vida real no sea así. Y yo lo seguiré buscando y seguiré creyendo en ello como una loca. Como una teatrera. Como una peliculera.
No sé.
Quizá en alguna parte sí haya un príncipe azul.
Sólo espero no conformarme con menos que eso. Nunca.
De vez en cuando la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un atlas, nos pasea por las calles en volandas, y nos sentimos en buenas manos;
se hace de nuestra medida, toma nuestro paso y saca un conejo de la vieja chistera y uno es feliz como un niño cuando sale de la escuela.
De vez en cuando la vida toma conmigo café y está tan bonita que da gusto verla, se suelta el pelo y me invita a salir con ella a escena.
De vez en cuando la vida se nos brinda en cueros y nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas por no romper el hechizo.
De vez en cuando la vida afina con el pincel: se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla.
De vez en cuando la vida nos gasta una broma y nos despertamos sin saber qué pasa, chupando un palo sentados sobre una calabaza.